A QUIÉN ESPERAMOS: 2do Domingo de Adviento

Dra. Ivelisse Valentín Vera

Escoger cuatro semanas como preparación para esa llegada que nos llena de expectativa nos debe motivar a hacernos una pregunta inicial: ¿A quién esperamos? La respuesta a esta pregunta ha de determinar la actitud de nuestra espera y los preparativos que hagamos para ese momento de encuentro. Como temporada litúrgica ”adviento” es mucho más que el anuncio de alguien que ha de llegar, significa preparación para la llegada del Señor. Sin embargo, ahora podemos afinar más la pregunta que guía esta reflexión: ¿A qué Señor esperamos? 

El evangelio de Lucas nos ayuda a contestar esa pregunta cuando nos habla del carácter de Dios y su actitud hacia la humanidad encarnada en el que ha de venir. A Dios le interesa que sepamos que es un Dios de perdón cuyo interés es salvarnos, no condenarnos. Por eso pone en labios del sacerdote Zacarías, padre de Juan el Bautista, un cántico profético en tres partes: 

  1. Exaltación al Dios de Israel: por la liberación de su pueblo y por el cumplimiento de la promesa de un Salvador de la casa de David. 
  1. Profecía sobre su hijo Juan: en quien se cumple la profecía de Isaías (40:3) como enviado a preparar la senda del Señor. 
  1. Anuncio del Mesías: advenimiento de la Luz para rescatarnos de las tinieblas y conducirnos a la paz. 

La profecía nace del Espíritu del Señor como respuesta a las interrogantes del pueblo testigo del nacimiento milagroso del pequeño Juan, primogénito de una mujer estéril en su vejez. El cántico de Zacarías pretende aclarar la identidad de su hijo: “Una voz clama: Preparad en el desierto camino al Señor; allanad en la soledad calzada para nuestro Dios.” (Is 40:3) Pero a su vez, la vida de Juan es testimonio del cumplimiento de la promesa del enviado del linaje de David. Si creemos que Juan da cumplimiento a Isaías 40, entonces podemos creer que el que viene tras Juan es el Mesías, hijo de David y enviado de Dios a salvarnos.  

Hoy, en la temporada de Adviento celebramos tres tiempos: el pasado, el presente y el futuro. Al recordar el pasado celebramos que el Señor ya vino y fuimos visitados por aquel de quién Zacarías profetizó y de quien su hijo Juan dio testimonio. Por su advenimiento hace dos mil años hemos sido redimido y podemos celebrar con gozo. Hoy, cada vez que proclamamos que Dios perdona nuestros pecados y nos ofrece salvación, allanamos el camino para que el Señor Jesucristo llegue a reinar en el corazón de aquellos que le reconozcan. (vv 76-77) Pero también celebramos anticipadamente y preparamos el camino del Señor para su regreso final. 

Con una hermosa metáfora Zacarías aterriza en la centralidad de la profecía: el carácter mesiánico de Jesús. Jesús es el fruto de la misericordia de Dios. Desde lo alto puede Dios ver la humanidad sumidad en “la más profunda oscuridad” (vv 79) y no puede resistir el impulso de rescatarnos y encaminar nuestros pasos hacia la paz. Por siglos los salmistas han declarado ese carácter salvífico de Yavé: “Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.” (Sal 40:1-2) Este cántico de Zacarías también hace eco de esa naturaleza redentora de Yavé exaltada y anunciada por los profetas: “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada.” (Malaquías 4:2)  

Cómo los que vieron nacer al pequeño Juan, y se preguntaron qué sería de él, así muchos se preguntarían sobre el destino, propósito y finalidad de Jesús, primo de Juan e hijo de un carpintero. Por eso y para que nosotros también podamos creer, la identidad de Jesús también está revelada en el cántico de ZacaríasJesús, fruto de la misericordia de Dios, encarna una nueva oportunidad de vida para la humanidad, disipa con su luz la sombra del pecado y de la muerte y nos conduce de su propia mano por el camino de la paz.  

Si Adviento es temporada de espera, y esa espera tiene como norte la Luz que ha de guiar nuestro camino hacía Dios, esta preparación ha de vivirse en actitud vigilante, de arrepentimiento, de perdón y también de alegría. Para que vivamos en paz y que podamos recibir en nuestros corazones al que viene, debemos estar dispuestos a dejarnos dirigir por él. Que el amor de Dios reine en nuestros corazones, nos haga sensibles a su guianza, que su misericordia nos amanezca a una nueva oportunidad de vida y su luz haga desaparecer toda sombra de duda y de pecado para conducirnos por caminos de paz.